Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo / A / 2017

La Palabra de Dios

Leer la Hoja Dominical

 

Lectura espiritual

Nos impresionan las palabras del Señor en el evangelio: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. Significan que la “muerte” no tiene ninguna posibilidad de acceso allí donde se come “el pan de vida”. Sabemos que el pan de la vida es la carne de Jesús entregada para la vida del mundo. Quien come su carne vive en Cristo. Es transformado en una realidad eterna. Y desde ahora. Vive ya la vida eterna, que es propia de Dios.

Después, el futuro: “Y yo lo resucitaré el último día”. El horizonte de la Eucaristía es la resurrección de los muertos: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”. Nunca más el horror del desierto, la angustia de la noche y las insidias del camino, sino la vida eterna. Mejor aún, el misterio del amor que reina entre el Padre y el Hijo en la Santísima Trinidad. La vida eterna está presente en quien come el cuerpo de Cristo. Es una realidad tangible. Es una vida que extiende y propaga el fuego inagotable de Dios y transforma el hombre, preparándolo para la “boda eterna”. Por cierto, siempre existe el riesgo de tropezar con las propias limitaciones. Pero el Señor es el “pan vivo” que está continuamente a nuestra disposición. Él nos ayuda a vivir en la fe, esperanza y caridad y a gustar desde ahora, incluso sufriendo la soledad del desierto, la verdad de la resurrección. No por nada la vida eterna es la resurrección.

Ahora sólo nos queda corear el gozo y la alegría de haber encontrado en el corazón de nuestra vida un camino que no conocíamos. El camino que conduce a la resurrección. Desde ahora, y hasta el final, la resurrección está aquí con nosotros: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día”.

Meditación del Domingo de Corpus

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