XXX Domingo del tiempo ordinario / B / 2021

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Lectura espiritual

LA FELICIDAD (7). Etapas del camino espiritual

Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Purificado e iluminado al fin, irradiarás paz. La paz es armonía contigo mismo y con el mundo. No se trata de la simple calma o tranquilidad que dimana de la inacción, sino de la acción-pasión justas: recibir lo que realmente hay y hacer lo que uno debe nos otorga el don de la paz.

De modo que no todo termina ni mucho menos con la iluminación. Con ella más bien comienza la misión de irradiar y de construir un mundo en paz.

Construir la paz es una tarea social y política (algunas traducciones hablan aquí de artesanos o albañiles de la paz, sugiriendo cómo la paz comporta el sudor de la frente y el del alma).

Pero también y sobre todo es una misión espiritual: hacer descubrir la paz que hay dentro de nosotros, hacer ver que esa paz proviene de la experiencia de hijos, es decir, de que podemos confiar puesto que el universo entero está a nuestro favor. Quien ve a Dios está en paz, y el pacificado es un espejo de Dios.

(Inspirado en el libro: Biografía de la luz, de Pablo d’Ors)

XXIX Domingo del tiempo ordianario / B / 2021

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Lectura espiritual

LA FELICIDAD (6). Etapas del camino espiritual

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

 Dios es lo que se ve cuando uno está limpio. Suena duro decirlo así, pero el ateísmo y el agnosticismo son, desde esta perspectiva, el resultado de nuestra suciedad.

¿Y qué es lo que se ve cuando nos limpiamos? Lo que se ilumina… ¡es el mundo! Es la luz del mundo, que por fin puedes distinguir, lo que te hace comprender que estás iluminado. Iluminarse es tomar consciencia de la luz que hay.

Luz también para el propio pasado: no se trata simplemente de dejarlo atrás; tampoco de volver obsesivamente sobre él, extrayendo de lo vivido quién sabe cuántas enseñanzas.

Se trata de amarlo, de reconciliarte con lo que has sido para otros y con lo que otros fueron para ti. Se trata de comprender el vínculo entre lo que fuiste y lo que eres, entre lo que eres y lo que probablemente serás. Sin heridas al fin, reconciliado gracias a la luz purificadora, lo que se ve es a Dios, puesto que Dios es la salud misma. Sin obscuridad, la luz sólo puede ser una evidencia.

(Inspirado en el libro: Biografía de la luz, de Pablo d’Ors)

 

XXVIII Domingo tiempo ordinario / B / 2021

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Lectura espiritual

LA FELICIDAD (5). Etapas del camino espiritual

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

 Misericordia significa tener la miseria ajena en el propio corazón: no olvidarse de ella y, más que eso, hacerla propia para que sea menos dolorosa para quien debe padecerla. Esta bienaventuranza se dirige a quien se pone en acción para que esa justicia se realice, cargando él mismo con la injusticia.

Es imposible que un corazón que está en su sitio no sea solidario. Pero no es posible meter a los otros en el propio corazón sin haberlos perdonado y sin habernos dispuesto para que nos perdonen. Perdonar es la clave.

Perdonar primeramente a nuestros padres, por el inmenso mal que nos hicieron sin darse cuenta. Perdonar a nuestros maestros y profesores, sobre todo por su incompetencia, pero también por su dejación y crueldad, vengándose en nosotros de su frustración. Perdonar a nuestros amigos, puesto que a menudo no fueron verdaderos amigos. Y a nuestros hermanos de sangre, porque compitieron incansablemente contra nosotros. A nuestras parejas porque llamaron amor a lo que no era amor. O porque permitieron alevosa i estúpidamente que una historia amorosa se malograra. Perdón para nuestros compañeros y colegas, puesto que hicieron lo imposible para que no brillásemos. A nuestros hijos, que reprodujeron con sobrecogedora fidelidad nuestros defectos. A nuestros discípulos, que nos traicionaron uno tras otro. A nuestros enemigos, que se ensañaron contra nosotros, poniendo nuestra alma en peligro. Es urgente que perdonemos a nuestros gobernantes por su egoísmo, por su torpeza, por su vanidad. Que perdonemos a nuestra comunidad religiosa por su indiferencia, por su intolerancia, por su frivolidad. Que sobre todo nos perdonemos a nosotros mismos, principales causantes de nuestros males. Perdonarse a uno mismo supone dejar de juzgarse, de condenarse, de sacarse punta; supone dejar de exigirse, de mirar insistentemente al pasado, de figurarse una y otra vez cómo podría haber sido todo. Perdonarse a sí mismo es reconciliarse con lo que uno ha sido y es.

Hasta que no se perdone absolutamente todo, no hay nada que hacer. Perdonarle todo incluso a Dios, que ha pensado para nosotros algo que no entendemos y que nunca habríamos elegido. Perdonarle incluso Su amor, ante el que nos sentimos abrumados. Lo que más dificulta nuestro camino espiritual es justamente no perdonar. Por eso, si tenemos algo contra alguien, o alguien tiene algo contra nosotros, lo primero de todo es hacer las paces. Deja ya de leer esta página y ponte a perdonar. Si perdonas, antes o después serás perdonado, quizá de la forma más insospechada. Perdonado al fin, estarás limpio; y sólo el limpio puede ver a Dios.

(Inspirado en el libro: Biografía de la luz, de Pablo d’Ors)