Domingo XXX tiempo ordinario / A / 2017

La Palabra de Dios

Leer la Hoja Dominical



Lectura espiritual

Y, volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: ¿Ves a esta mujer? (Lc 7,44)

¿Cómo pasar de la mirada farisea a la mirada de Jesús? Es una invitación a conquistar, a hacer nuestros los ojos de Jesús, a mirar el mundo con su misma mirada, mirada que sabe intuir el amor donde otros ven solo pecado y repara en la buena semilla del campo, mientras otros solo ven malas hierbas y cizaña: mirada perspicaz de amor, buscadora de oro, que se fija en el tesoro y no en las vasijas de creta que lo contienen.

La mirada nueva de Jesús, que no se interesa nunca en el ayer, soberanamente indiferente a lo que ha sido el pasado pecaminoso de una persona, lanzada en cambio hacia el futuro, viendo primaveras que ya florecen dentro de nuestros inviernos.

Las miradas de escribas y fariseos se fijan en el pecado, y por eso son violentas; la mirada de Jesús repara en la fragilidad y no produce nunca violencia.

Es preciso tener ojos de profeta. Pero no podemos ser profetas si no somos místicos. El cristiano del futuro será un místico o no será cristiano (Karl Rahner).

¿Cómo mira Jesús? En Simón, el pescador, intuye a Cefas, Pedro, la Roca; en Juan y Santiago ve a los boanergés, los hijos del trueno; en María de Magdala, la mujer de los siete demonios, divisa ya la apóstol de los apóstoles; en los pescadores del lago intuye potencialidades que nadie ha sabido ver; para él son como instrumentos musicales que nadie ha sabido tocar todavía, pero de los que él sabrá sacar la melodía perfecta.

No mira con la disimulada condescendencia de quien finge ignorar nuestras heridas o nuestra vida, sino que las sabe acoger y trabajar como vasija rota que vuelve a colocar en el torno del alfarero. Entonces le entregamos confiadamente lo que tenemos.

No ocultes tus debilidades, ¡construye sobre ellas! Lo peor que tienes puede convertirse en lo mejor. A partir de tus heridas te puedes convertir en curador de las heridas ajenas. La santidad no se funda en una pasión apagada, sino en una pasión convertida.

Jesús no impone a la mujer un modo de amar, sino que acepta el suyo, tal como ella sabe y es capaz. No evita tampoco las caricias que podrían ser malinterpretadas, transmitiendo así a su Iglesia el recuerdo de estos gestos, la necesidad y la alegría de no permanecer siempre embridada, escayolada y fría por temor a equivocarse.

¿Ves a esta mujer? Aprendamos de ella, puesto que Jesús nos la propone como maestra. Ante todo, las manos y el abrazo. El amor virtual no existe.

Dios perdona con un perdón previo, anterior al arrepentimiento. La anticipación es el tiempo propio de la misericordia. El mucho perdón no es el fruto del mucho amor de ahora. La mujer del perfume no es perdonada porque ha derramado el perfume y se ha soltado el pelo, sino que ha besado los pies del Señor y ha llorado porque ha sentido que el perdón la curaba la vida.

El perdón es causa de amor. Lo había intuido también la mística musulmana Rabi’a (siglo VIII) en este apólogo. Un hombre dijo a Rabi’a: “He cometido muchos pecados. Si me arrepiento, ¿me perdonará Dios?”. Rabi’a respondió: “No, tú te arrepentirás cuando él te perdone”.

Ermes Ronchi: Las preguntas escuetas del evangelio