XII Domingo del tiempo ordinario / B / 2021

Leer la Palabra de Dios

Leer la Hoja Dominical

 

 

Lectura espiritual

13. EL CORDERO
Asumir el destino común de la humanidad

Al día siguiente ve acercarse a Jesús y dice: AHÍ ESTÁ EL CORDERO DE DIOS QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO. De él dije yo: detrás de mí viene un varón que existía antes que yo, porque está antes de mí. (Jn 1,29-30)

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Un cordero es un animal que, después de cebarlo bien, se lleva al matadero. El cordero confía en que los humanos le lleven al campo a pastar; pero, al final, le llevan a una cinta que le conduce a un precipicio. No le queda mucho para ser triturado por unas máquinas y, poco después, despedazado por unos carniceros.

La expresión “Cordero de Dios” significa que Dios se deja llevar al matadero, asumiendo un destino terrible y desconocido. 

También nosotros podemos montarnos en esa cinta. ¡O no! Pero una persona cabal es aquella que se sube consciente y solidariamente a esa cinta, uniendo su destino al de los demás.

Cada vez que nos sentamos a contemplar nos hacemos conscientes de que viajamos en esta cinta. El seguidor de Cristo camina hacia el abismo de carniceros y trituradores, a sabiendas de que esa terrible noche ya ha sido vencida.

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El Cordero de Dios grita, suda y llora antes de su final; pero eso no le quita un ápice de mansedumbre ni de valentía. Manso no es quien calla, sino quien asume su destino como mejor puede. Ese es el hombre. Ecce homo.

La mansedumbre es la virtud que posibilita aceptar lo inevitable. La realidad no tiene siempre un aspecto agradable o atractivo. El edificio se tambalea, naturalmente, puesto que no en vano somos humanos, pero el cimiento es firme.

A nadie se le van a ahorrar los sinsabores y el espanto. Pero a todos se nos permite llorar, llorar de verdad, sin fractura entre nuestro llanto y todo lo demás. Sólo experimentar hasta el fondo esa vulnerabilidad te permite saber que eres un cordero. Sólo esto te hará entender que tu destino es el de tus semejantes, y podrás sentir verdadera compasión por ellos.

La mansedumbre y la humillación pueden ser la puerta. Nosotros no querríamos ni oír hablar de todo esto, eso no hay ni que decirlo. Pero quizá la mansedumbre ante la humillación sea, después de todo, nuestra puerta.

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Ese Cordero quita el pecado del mundo. Eso significa que, contra toda apariencia, sólo el bien puede vencer al mal, que el dolor puede ser derrotado únicamente con amor, que la mansedumbre o no violencia -la aceptación sin resistencia- son el único modo para hacer frente a la obscuridad.

Sólo cuando eres manso, cuando no hay fractura entre lo que eres y lo que hay, llegas a ser verdaderamente tú. Sólo así ayudas verdaderamente a los demás y redimes el mundo, esto es, pones luz donde hay oscuridad, compañía donde reina la desolación, fe en medio del escepticismo.

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Esto no se lo cree nadie, por supuesto: toda evidencia muestra que lo débil no puede vencer a lo fuerte. Por eso éste es el gran dilema, la gran cuestión, la gran metáfora, la razón por la que Cristo murió en la Cruz.

Frente al mal del mundo, la respuesta cristiana es ser corderos para luego, tras ser degollados, convertirnos en palomas.

Me gusta que se haya comparado a Dios con un cordero y -más adelante- con una paloma: animales modestos que no provocan temor o admiración. Estamos invitados a hacernos corderos, pero para más tarde volar como palomas. El Hijo no puede entenderse sin el Espíritu.

Quienes nos sentamos a contemplar en silencio lo hacemos como corderos, trabajando en nuestro interior la mansedumbre, la aceptación de lo que hay. Pero en la confianza de levantarnos algo más tarde como palomas, con la visión justa de lo real.

(Inspirado en el libro: Biografía de la luz, De Pablo d’Ors)