Domingo XXVIII tiempo ordinario / A / 2017

La Palabra de Dios

Leer la Hoja Dominical



Lectura espiritual

Y, volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: ¿Ves a esta mujer? (Lc 7,44)

En la cena celebrada en la casa de Simón el fariseo se escenifica un conflicto sorprendente: el hombre piadoso y la prostituta, el poderoso y la que no tiene nombre, la ley y el perfume, la regla y el amor de confrontación.

Sor María, del eremitorio franciscano de Campello sul Clitunno, solía repetir a sus hermanas: “Dejad la regla cuando esté en contradicción con el amor”

Sólo el evangelio es capaz de plantear un conflicto tan inesperado, en el cual los que prevalecen son el perfume, la prostituta y la caricia.

La mujer tiene entre sus manos los pies de Jesús. Ella sabe dónde necesita cuidados el hombre. Y va más allá de los convencionalismos y de las reglas, rebasa todos los cálculos. Se salta las reglas en el banquete, como se las ha saltado en la vida, con gestos que hacen decir a Simón: “Si este fuera un profeta, conocería que la mujer que lo toca es una pecadora”.

El error de Simón es la mirada que juzga, que en una sola frase emite dos juicios: que Jesús es un falso profeta y que aquella mujer es una repudiada y tiene el mismo nombre de su pecado, como alguien que es paralítico o leproso.

Jesús durante toda su existencia enseñará una mirada que no juzga, incluyente y misericordiosa. Jesús no generaliza nunca, ni siquiera con Simón: no ve en él a un fariseo más, ve al hombre, un hombre que merece atención y diálogo.

El error de Simón es poner en el centro de la relación entre hombre y Dios, e incluso de la profecía, al pecado, haciendo del mismo el eje fundamental de la religión. Es el error de los moralistas de todos los tiempos, de los fariseos de siempre.

Jesús aleja inmediatamente y sin vacilaciones aquella idea. Jesús no es moralista: coloca al centro a la persona con sus lágrimas y sonrisas y su carne doliente o exultante, y no la ley.

El evangelio no es moralista. Nos adentramos en sus ardientes páginas y vemos que aparecen con más frecuencia los términos pobre o pobres que pecador; somos frágiles y custodios de lágrimas, prisioneros de mil límites antes que culpables.

Somos nosotros los que hemos moralizado el evangelio. Pero al principio no era así: “El evangelio no es una moral, sino una desconcertante liberación” (Giovanni Vannucci). Nos libera del paradigma del pecado y nos introduce en el paradigma de la vida en plenitud.

Los milagros de Jesús tienen el mismo sentido: reconstruir la integridad de la persona, restituir la plenitud de la humanidad. Todos aquellos que elevan la primera, la más humana y más evangélica de las oraciones: Kyrie, eleison (Señor, ten piedad), no piden perdón por sus culpas, gritan su dolor: piedad de estos ojos apagados, de esta piel llagada, de este cuerpo que nos ha traicionado. Kyrie, eleison: ten compasión, muéstrate madre, detente y pon tu mano sobre este dolor.

“Simón, ¿ves a esta mujer? Simón no ve más que una historia de trasgresiones. Jesús no ignora quien es, no finge que no sabe pero la acoge. Con sus heridas y sobre todo con su centelleo de luz.

Aunque hayas infringido mil veces tus promesas, ven. Ven, a pesar de todo, ven. Con tus gestos más auténticos o en vasos de arcilla, pero ¡ven! Y nos pondremos en camino.

Ermes Ronchi: Las preguntas escuetas del evangelio