XXIII Domingo tiempo ordinario / B / 2021

Leer la Palabra de Dios

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Lectura espiritual

LA AVENTURA. Poner el corazón en su sitio

Vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado a la mesa de los impuestos. Le dice: Sígueme. MATEO SE LEVANTÓ Y, DEJÁNDOLO TODO, FUE TRAS ÉL. (MT 9,9)

El funcionario Mateo fue mirado por Jesús. Eso bastó para que su vida diera un vuelco. No es posible permanecer igual tras haber experimentado una mirada que no atiende a lo externo o circunstancial, sino que sólo mira tu interior, a quien realmente eres. Una mirada así, tan desprejuiciada, es la que todos deseamos siempre y la que tan pocas veces se nos concede. Una mirada tan libre que no hace acepción de personas, puesto que sólo atiende al corazón. ¿Es capaz alguien de mirar así?

Jesús miraba así y Mateo lo experimentó, cambiando de inmediato el rumbo de su corazón y colocándolo repentinamente en su sitio. Hay un antes y un después de esa mirada. Un antes y un después de Jesucristo.

Mateo no sólo se dejó mirar por Jesús, sino que también escuchó su voz: ¡Sígueme! Y dejándolo todo fue tras él, subrayando su obediencia inmediata, sin fisuras. A nosotros, todo esto nos parece poco menos que inverosímil. ¿Puede una palabra, sólo una, cambiar radicalmente la senda de un hombre?

Nosotros reflexionamos tanto que conseguimos que el pensamiento nos paralice. A lo que estamos asistiendo, sin embargo, es a un hombre que se ha levantado y que ha dejado para siempre lo que tenía entre manos. Todo ese dinero, poco antes tan custodiado, ha perdido ahora por completo su valor.

Se desvirtúa el evangelio cuando se arguye que una radicalidad semejante no es para todos, sino solo para sacerdotes y consagrados. Sígueme, sin embargo, no significa más que “te invito a la vida”; y la vida, ciertamente, es para todos. Te invito a que no pongas resistencias a lo que sucede, a que no te apegues a las cosas, a que te relajes y acojas lo que viene. Ésa es siempre la única invitación: Ven, únete.

 Tal es la autoridad con que Jesús se ha dirigido a él, tal su poder de persuasión, que Mateo no duda: abandona todo lo que ha estado haciendo hasta ese momento y empieza una vida nueva, una vida verdadera. Esta inmediatez irreflexiva y visceral es lo que no entendemos y lo que nos asusta; pero eso es porque no hemos sentido la mirada previa que la posibilita. Ante un verdadero maestro, si estás abierto, lo natural es obedecer, por difícil que desde fuera pueda resultar lo que se te ordene.

¿Quién es ese hombre que llama así? No nos damos cuenta de cómo resplandeció por su sobrecogedora integridad, por su simplicidad y lucidez, por su llamativa ternura y por su insobornable autoridad. Escuchaba y tocaba a quienes lo rodeaban. Su mera presencia resultaba sanadora. ¿Quién es éste? ¿Cómo es que habla con tal autoridad? La luz que Jesús irradiaba a su paso fascinó a muchos, lo que lo siguieron, pero también molestó a otros. Ni fue alguien que resultara indiferente: o estabas a su favor o en su contra. Era una pregunta viva, una interpelación directa.

¡Sígueme! Y dejándolo todo fueron tras Él. Empezaba entonces para los discípulos -para ellos y para todos los que vendrán después- la gran aventura.

(Inspirado en el libro: Biografía de la luz, de Pablo d’Ors)

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