XIX Domingo tiempo ordinario / A / 2020

Leer la Palabra de Dios

Leer la Hoja Dominical

 

Lectura Espiritual

La disposición del corazón es, pues, el requisito indispensable para extraer luces de la Palabra divina. El que no quiere amar tampoco entenderá. Sin embargo la antigua tradición oracional de la Edad Media dividió ese proceso en cuatro pasos: la lectio, la meditatio, la oratio y la contemplatio. No dejemos de aprovechar esta enseñanza, avalada por el transcurso de los siglos y la experiencia de tantos orantes.

Primero la lectura de la palabra, la lectio. Aquí también  ̶ en la lectura del texto revelado ̶  no es posible dar reglas que se apliquen a todos. Pero seguramente no será lo mejor leer párrafos y párrafos si lo que buscamos es dejarnos instruir por la Palabra. Por eso algunas personas, antes de abrir las Sagradas Escrituras, besan el libro, o leen arrodillados los primeros versículos, antes de sentarse a continuar.

Después de invocar al Espíritu Santo y a la Medianera de toda gracia, nuestra primera tarea será la comprensión del sentido literal de lo leído, sin implicaciones personales. Se trata sin más de lo que dice el pasaje, de lo que expresa. Puede ser provechoso comenzar por la lectura de todo el capítulo o de todo el párrafo, y luego volver a leerlo con atenta lentitud. O bastará un versículo, incluso una sola frase y aun una palabra. En este detenerse, en la pausa, radica la meditatio, que va más allá de la mera consideración especulativa, racional, exegética, conceptual, de lo leído. La meditatio se refiere más bien al rumiar, a repetir interiormente lo leído, quizá sin comprenderlo del todo, esperando una luz procedente de ese texto. Las palabras de la Escritura se dirigen más al corazón que a la cabeza, y buscan llevarnos por encima de nosotros mismos. La meditatio es permitir, desde una actitud de silencio, que la Palabra encuentre en el propio corazón un punto de sonoridad.

Quizá entonces el Espíritu Santo nos dé la oratio, que vendrá a ser como la respuesta que esperábamos, la luz o el calor que aquella Palabra de Dios puede encender en nosotros. Es algo que se nos da, quizá después de haber leído más de una vez el párrafo en cuestión, e incluso después de haberlo leído muchas veces. Una palabra, una idea, una verdad, una imagen que se salen del texto para hacerse vida.  Ya no es tiempo de leer sino de escuchar. Y después, si al mismo Espíritu le es dado, podremos entrar en ese estado de quietud, reposo y gozo que es la contemplatio.

Las gracias divinas se derraman sobre el hombre a través de la Sagrada Escritura escuchada y meditada en silencio. Es en la fe, y no recorriendo países lejanos ni cruzando mares y continentes, donde podemos encontrar y contemplar a Dios. En realidad, llegaremos a Dios escudriñando durante horas y horas la Sagradas Escrituras después de haber resistido los embates del príncipe de este mundo.

Ricardo Sada; Consejos para la oración mental

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