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Domingo XXXIII tiempo ordinario / B / 2018

 

 

Palabra de Dios

 

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Lectura espiritual

La oración continua ha venido del deseo de dar gracias. En los “Relatos de un pelegrino ruso” se lee: “El domingo veinticuatro después de la Trinidad entré en la iglesia para rezar durante el oficio; se leía la epístola del Apóstol a los tesalonicenses, en el pasaje en que se dice: Rezad sin parar. Estas palabras penetraron profundamente en mi espíritu y me pregunté cómo era posible rezar sin parar cuando cada uno de nosotros se ha de ocupar de numerosos trabajos para llevar a término su propia vida”.

Entonces se puso en camino para realizar una peregrinación que es sobre todo una peregrinación al corazón. Buscó al hombre que pudiera decirle una “palabra de vida”; encontró mucha gente que le hizo discursos muy bonitos sobre la oración, pero no encontró al hombre que le enseñara a hacerla, hasta el día que llegó a un anciano de estos que irradian oración por todo su ser. Un anciano -tenga la edad que tenga- es aquel que está revestido de la verdadera belleza que sube del corazón. El ideal es armonizar las edades de la vida: la barba y los cabellos blancos con los ojos de un niño. Y es que la gracia de Dios embellece al hombre y el pecado lo deforma.

Encontró, pues, uno de estos ancianos que le dirigió estas palabras: “la oración de Jesús interior y constante es la invocación continua e ininterrumpida del nombre de Jesús por medio de los labios, del corazón y de la inteligencia, sintiendo su presencia siempre y en todo lugar, incluso mientras dormimos. Se expresa con estas palabras: Señor Jesús, ten piedad de mí. Aquel que se habitúa a esta invocación siente un gran consuelo y la necesidad de decirla siempre; al cabo de un tiempo ya no sabe estar sin decirla, es por ella sola que nace en él. ¿Comprendes, ahora, que es la oración perpetua?

No se trata de repetir esta oración mecánicamente, sino simplemente tal como viene siguiendo el ritmo de la respiración; al inspirar: “Señor Jesús”, y al expirar: “ten piedad de mi”. Se da aquí una posibilidad extremamente humilde y simple que era bien conocida en Occidente donde se recitaba a menudo la expresión del salmo: “Señor, ven a ayudarme”, o simplemente “Kyrie eleison”. Es una oración que se puede ampliar o, por el contrario, acortar hasta el simple recuerdo del Nombre tan amado: “Jesús”.

Es una manera de orar adaptada al hombre de hoy que confiesa que no tiene tiempo de orar. De hecho, cuando se practica esta oración, por poco que sea, descubrimos que se tiene más tiempo del que nos imaginamos: tiempo de subir una escalera, de andar por la calle, en el autobús o el tren… La invocación del nombre de Jesús está al abasto de los adoradores más humildes i, en cambio, introduce en los misterios más profundos. Se adapta a todas las circunstancias de tiempo y de lugar: el campo, la fábrica, la cocina le son compatibles. (Pero no podemos convertirla en una especie de yoga cristiano).

Lo que se propone la oración de Jesús es la toma de conciencia de la deificación del hombre creado a semejanza de Dios: conocer experimentalmente la gracia del Espíritu Santo, y vivir una alternancia de presencia y de ausencia de Dios.

Es en la unificación del hombre a partir del corazón donde reside la energía divina. El hombre iluminado por esta luz del Espíritu vive a partir de un centro que brilla e irradia toda su persona, sus sentidos y sus facultades. Y es allí donde se sitúa la verdadera ascesis. El corazón del hombre es el centro de la integración donde habita la energía bautismal. El nombre de Jesús, portador de su presencia, es el instrumento mayor de esta unificación. Es el tema de la vigilancia y la guarda del corazón. El hombre hace camino hacia la oración continua y filtra, sin parar, su corazón en el nombre de Jesús.

 

Jean Lafrange: La oración del corazón

 

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