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Domingo XXIV tiempo ordinario / A / 2017

La Palabra de Dios

Leer la Hoja Dominical



Lectura espiritual

 Y vosotros, ¿quién decís que soy? (Lc 9,20)

“Jesús estaba orando en un lugar retirado”. Silencio, soledad, oración: es un momento cargado de la más grande intimidad para este pequeño grupo de hombres. Intimidad entre ellos y entre ellos y Dios.

Es una de esas zonas especiales donde el amor se hace casi tangible, lo sientes encima, debajo y alrededor de ti, como un manto luminoso en el que te sientes dócil fibra del universo.

En esta hora importante, Jesús hace una pregunta decisiva, algo de lo que después dependerá todo: fe, opciones, vida: “Pero vosotros, ¿quién decís que soy?”

En la vida, más que las respuestas, importan las preguntas. No interrogar sino dejarse interrogar. Vivir preguntas que hacen vivir la fe. No seguir cuestionando al Señor, sino dejarse cuestionar por él.

Es el corazón palpitante de la fe: ¿quién soy yo para ti? Jesús no busca palabras, busca personas; no busca definiciones, sino implicaciones: ¿qué te ha pasado cuando me has encontrado?

El maestro del corazón no da lecciones ni sugiere respuestas, te conduce con delicadeza a buscar dentro de ti. Yo oigo respuestas: encontrarte ha sido lo mejor que me ha sucedido en la vida. Tú has sido lo más bello y fuerte que podía esperar.

Muchas personas que conozco, que se profesan no creyentes y que sin embargo tienen un desmedido e inconfesable deseo de creer, temen acercarse a la Iglesia y a los sacerdotes por miedo “de ser adoctrinados”. Y temen perder algo de su libertad, incluso de la libertad de pensamiento; recibir respuestas preparadas con antelación, de cuestionario, y quizá tengan razón. Jesús, maestro de humanidad, no adoctrina a nadie, estimula respuestas. Y haciéndolo así, estimula nacimientos.

¿Quién soy yo para ti? Se parece a las preguntas que se hacen los enamorados: ¿qué lugar ocupo en tu vida?, ¿cuánto te importo?, ¿quién soy para ti? Y el otro responde: tú eres mi vida, eres mi mujer, mi hombre, mi amor.

Jesús no tiene necesidad de la opinión de sus apóstoles para saber si es mejor que los profetas anteriores, sino para cerciorarse que Pedro y los otros son de los enamorados que han abierto el corazón. Cristo está vivo solo si está vivo dentro de nosotros. Nuestro corazón puede ser la cuna o la tumba de Dios.

Pedro responde con la vehemencia y la decisión acostumbradas: “Tú eres el mesías de Dios”, su brazo, su proyecto, su boca, su corazón. Tú nos traes a Dios, en tus manos está Dios acariciando el mundo.

Una palabra discurre bajo todas las palabras del Libro, como una corriente subterránea o una nervadura de las páginas: la palabra “vida”. ¿Qué tienes que ver conmigo, Hijo del hombre? La respuesta es incluso desconcertante, excesiva: yo hago vivir.

Pedro lo ha saboreado y lo ha confesado: “Tú solo tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68). Palabras que hacen viva por fin la vida.

Que son vida para la mente, porque la mente vive de verdades o de lo contrario enferma. Vida del corazón, que vive de amor, de lo contrario muere. Vida del espíritu, que vive de libertad, de lo contrario se apaga.

La fe de Pedro atestigua: no solo estás vivo, Jesús, sino que eres el Viviente, eres la acción misma del vivir, no una porción de vida; eres el verbo cargado de poder que obra, no un adjetivo que describe; estás en la vida como dador de vida.

Ermes Ronchi, Las preguntas escuetas del evangelio

 

 

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