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DIUMENGE XXIX durant l’any / C / 2022

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Una mirada artística a l’Evangeli del Diumenge, un gentilesa de l’Amadeu Bonet, artista.

 

 

Lectura Espiritual

EL PARALÍTICO DE CAFARNAÚM (Mc 2,1-12)                   

Romper el caparazón de nuestra resistencia                                             

Llama la atención que unos cuantos hombres rompieran un tejado para descolgar por ahí a un paralítico. Una locura así predispone, ciertamente, al milagro.

No podemos bajar a nuestro corazón sin la ayuda de los otros. Son muchos los que quieren salud, pero pocos, en cambio, los que están dispuestos a romper su tejado. Nuestro espacio interior está recubierto por una suerte de envoltorio con el que protegernos de cualquier agresión, pero con el que también imposibilitamos nuestro propio acceso.

Romper el caparazón de nuestra resistencia, ahuyentar las continuas distracciones de la mente es, ciertamente, bastante más arduo y laborioso que echar abajo el tejado de una casa. Pero hay que bajar al propio corazón -eso parece claro-, pues es ahí, en lo recóndito, donde nos espera Jesús. Parece complicado, pero lo más difícil es lo que pone todo este proceso en marcha: una decisión: no me dejaré llevar por lo que piensen los demás, la gente no va a desanimarme, voy a entrar por arriba, voy a romper el tejado…

También llama la atención que, ante un paralítico, Jesús no se sienta urgido a, en primera instancia, curarle de su enfermedad, sino más bien a perdonar sus pecados. A nosotros esto nos sorprende muchísimo, porque damos infinitamente más importancia al bienestar físico que al espiritual. Jesús, por el contrario, sabe que la máxima tristeza que puede albergar un corazón humano es no amar y no sentirse amado, no poder amar a quien nos ha ofendido. Esta falta de amor es lo que nos va secando, lo que nos va paralizando, lo que nos hace morir. Por eso, no debería maravillarnos que Jesús hable en esta coyuntura del pecado. Él siempre va a la raíz de la cuestión, que nunca está en el cuerpo, siempre en el espíritu.

La neta separación entre cuerpo, mente y espíritu -típica de nuestras sociedades modernas-, así como la consiguiente cualificación diversificada de los médicos, psicólogos y sacerdotes, supone una visión analítica -no sintética- del ser humano y, en consecuencia, una pérdida de la dimensión holística o integradora.

A ti te digo, ¡levántate y anda! Éste es el centro del relato.

Aquel paralítico cogió y se levantó de hecho, quedando frente a frente ante Jesús. Todos se les quedaron mirando, estupefactos. Es un momento de gran tensión. Ninguno de ellos quiere creerse del todo aquello de lo que han sido testigos.

El escenario de la sanación es comunitario: se enciende una luz para que todos vean. La palabra del maestro, como toda palabra verdadera, nunca se queda en mera palabra, sino que se hace carne y se traduce en hechos. De algún modo, Jesús escenificó lo que estaba diciendo: su anuncio se hizo visible. Las palabras verdaderas se reconocen porque se materializan.

Maestro, ¿qué tengo que hacer para no ser un minusválido? Rompe el tejado de tu casa y desciende cuanto puedas. Ahí te espera -silenciosa y sanadora- la Palabra. La gracia se reconoce como tal precisamente porque nos pone en pie, porque nunca nos deja abatidos.

 Pablo d’Ors, Biografía de la luz

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