Lectura espiritual<\/span><\/strong><\/h3>\n…\u201dNo lo conozco, mujer\u201d [\u2026] \u201c\u2026no lo soy\u201d [\u2026] \u201c\u2026no s\u00e9 de qu\u00e9 me hablas\u201d [\u2026] El Se\u00f1or, volvi\u00e9ndose, mir\u00f3 a Pedro, [y \u00e9ste], saliendo fuera, llor\u00f3 amargamente. <\/em>(Lc 22,57-62)<\/p>\nDentro de este movimiento de conversi\u00f3n que se convierte en contemplaci\u00f3n del amor loco de Dios hacia nosotros, se emplaza un misterio: el de las l\u00e1grimas:<\/strong> \u201cPedro sali\u00f3 y llor\u00f3 amargamente\u201d.<\/p>\nHasta aqu\u00ed el hombre ten\u00eda un coraz\u00f3n de piedra<\/strong>, una especie de caparaz\u00f3n de m\u00e1rmol provocado por su pecado<\/strong>, pero \u00e9l lo ignoraba, aunque en ciertos momentos ten\u00eda conciencia de un malestar<\/strong> m\u00e1s pr\u00f3ximo al sentimiento de culpabilidad que al de la contrici\u00f3n verdadera. <\/strong><\/p>\nEs entonces que comprende experimentalmente que la contrici\u00f3n es diferente a lo que pueden provocar sus deseos, y que al hombre no le es posible \u201cejercitarse\u201d en la contrici\u00f3n. <\/strong><\/p>\nEs precisamente la oraci\u00f3n<\/strong> al Esp\u00edritu Santo y el sacramento de la penitencia <\/strong>el que puede provocar en nosotros el estallido<\/strong>.<\/p>\nLo que desgarra nuestro coraz\u00f3n es una manifestaci\u00f3n del amor de Dios<\/strong> que se hace, no desde fuera sino desde dentro por la invasi\u00f3n del fuego devorador<\/strong> de la caridad divina en nuestro coraz\u00f3n.<\/p>\nEste fuego funde<\/strong> el endurecimiento m\u00e1s o menos consciente, provocado en nosotros por el pecado, y rompe el caparaz\u00f3n<\/strong> segregado por tantos a\u00f1os de endurecimiento.<\/p>\nEste estallido violento bajo la presi\u00f3n del amor constituye exactamente la conversi\u00f3n o la contrici\u00f3n perfecta que provoca normalmente la bienaventuranza de las l\u00e1grimas<\/strong>.<\/p>\nPor tanto, hemos de pedir al Esp\u00edritu Santo y a la Iglesia<\/strong> esta impresionante iluminaci\u00f3n<\/strong> que nosotros no podemos provocar.<\/p>\nEsta herida es mucho m\u00e1s dolorosa que los escr\u00fapulos y sentimientos de culpabilidad<\/strong>, amargura m\u00e1s amarga, pero que tiene como fruto \u00edntimo la liberaci\u00f3n inenarrable de la bienaventuranza de las l\u00e1grimas. Y en este sentido se puede decir que este fruto es dulce porque nos hace experimentar la ternura de Dios.<\/strong><\/p>\nEl hombre toma conciencia experimental y existencial de este estado de separaci\u00f3n que saca partido de los pecados.<\/p>\n
Es la actitud de todo convertido y de todo cristiano que se convierte en el sacramento de la reconciliaci\u00f3n: manifestar y confesar su coraz\u00f3n de piedra o, mejor, reconocer humildemente que no le dol\u00eda tener un coraz\u00f3n duro. <\/strong><\/p>\nPodemos preguntarnos si un esfuerzo pastoral que no conduzca a esta experiencia fundamental del coraz\u00f3n derrotado no corre el riesgo de abocarse a un nuevo moralismo.<\/p>\n
El lugar de recurrir a todos los ex\u00e1menes de conciencia rejuvenecidos o renovados, \u00bfno ser\u00eda mejor invitar a los cristianos a orar larga e intensamente para obtener la revelaci\u00f3n del rostro de misericordia de Dios?<\/strong><\/p>\n <\/p>\n
Jean Lafrange: La oraci\u00f3n del coraz\u00f3n<\/em><\/p>\n <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"
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