SANTÍSSIMA TRINITAT / B / 2021

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Lectura espiritual

10. LOS DOCTORES
Hora de exponerse y de arriesgar el rechazo

Por las fiestas de pascua iban sus padres todos los años a Jerusalén. Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según costumbre. Al terminar ésta, mientras ellos se volvían, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Pensando que iba en la caravana, hicieron una jornada de camino y se pusieron a buscarlo entre parientes y conocidos. Al no encontrarlo, volvieron en su busca a Jerusalén. Al cabo de tres días lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían estaban atónitos ante su inteligencia y sus respuestas. Al verlo, se quedaron desconcertados, y su madre le dijo: Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados. Él replicó: ¿POR QUÉ ME BUSCÁBAIS? ¿NO SABÍAIS QUE YO TENGO QUE ESTAR EN LA CASA DE MI PADRE? Ellos no entendieron lo que les dijo. Bajó con ellos, fue a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre guardaba todo en su corazón. (Lc 2,41-51)

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Jesús ya se ha dado cuenta de que la clase sacerdotal es la más sabia y poderosa. Es con ellos con quien se debe confrontar. Va al centro. Allí, en unos años se jugará la partida definitiva. Podría tratarse de la inconsciencia y osadía de los jóvenes. O tal vez sea un ensayo, una prueba, un experimento, un adelanto. Lo de siempre se confronta con lo novedoso, el presente ha de vérselas con el pasado.

Es difícil conjeturar sobre la consciencia que Jesús podía tener de sí a los doce años; pero pensemos que en la que teníamos nosotros a esa misma edad. ¿No se anunciaba ya todo lo que la vida iba a depararnos desde esa edad tan temprana? ¿No soñábamos entonces con cosas que luego, de otro modo -como es natural-, se han acabado por realizar?

Ahora bien, ese niño debe despegarse de su familia, separarse del clan y salir del círculo de protección que lo tiene asfixiado y sometido. No hay vida sin cortar el cordón umbilical, que en nuestra sociedad se extiende, increíble e irresponsablemente, hasta más allá de la treintena. Ha llegado la hora de exponernos y, en consecuencia, de arriesgar el rechazo.

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Tras este episodio, tan revelador, Jesús sale de la escena. Toda gran obra va precedida siempre de un gran vacío: un nacimiento tras meses de gestación, la publicación de un libro tras años de silencio de su autor… Lo más probable es que hasta que aparece por el Jordán, Jesús haya vivido entre los suyos como uno más. Parece sensato creer que fue en la vida ordinaria donde Jesús se entrenó para su misión.

Toda vocación, por grande que sea, debe confrontarse con lo concreto y lo cotidiano. Es importante saber esperar hasta que llegue el momento justo. Esa oportunidad la encontró Jesús a los treinta. Algunos la encontraron antes, otros más tarde.

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Los padres de Jesús, angustiados, no entendieron la respuesta que les dio su hijo en el templo de Jerusalén. Nos cuesta pensar en la configuración de una personalidad que no se haga rompiendo sino ahondando.

¡Que pronto les llega a María y a José el dolor que Simeón, el sacerdote, les había presagiado! Porque aquella ausencia de Jesús durante tres largos días es un presagio de esa otra gran ausencia, también de tres días, tras su pasión y muerte. No es posible seguir a Jesús sin introducirse desde el principio, y cada vez con mayor hondura, en el misterio de su pasión.

Aunque lo más probable es que María y José no entendieran una palabra de lo que su hijo les había explicado, ninguno se puso a razonar o debatir. María se limitó a guardar estas palabras de su hijo, tan aparentemente insolentes, en su corazón. Las guardó como años antes había guardado las del ángel Gabriel. ¿Y qué es lo que allí tenía que custodiar? El misterio de la libertad, que es el mismo que el de obedecer a la conciencia, donde se expresa la voluntad de Dios.

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La vocación de Jesús -como la de todos- es lo que le distingue de los demás. Toda vocación es estrictamente personal: es la propia voz, la llamada íntima. Si es así,  la consecuencia inevitable de la fidelidad del hijo a su propio camino es el desasosiego familiar. Quizá por eso, ésta fue la primera vez que Jesús se sintió solo. Se sometió a sus padres y volvió con ellos; pero en ese viaje de vuelta tuvo que cavilar mucho sobre lo que había sentido ante aquellos doctores. ¿Quién era en verdad su familia? ¿Debería abandonar su clan para siempre? ¿Debería buscarse una muchacha y tener hijos, como sin duda harían todos los demás?

Fue en aquella caravana de vuelta donde comenzó la verdadera historia de Jesús. Hasta entonces había sido un niño, a quien le habían dado todo hecho. Ahora es por fin un hombre, alguien que podía y debía decidir por sí mismo.

(Inspirado en el libro: Biografía de la luz, De Pablo d’Ors)