Diumenge XXVI durant l’any / B / 2018

 

 

Paraula de Déu

 

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Lectura espiritual

En el movimiento de conversión, el hombre reencuentra su naturaleza verdadera que es ser oración. Vuelve a ser el hombre nuevo salido de las manos del Creador, que reencuentra su vocación de ser sacerdote de la creación universal, él que quería ser simplemente el amo.

Sabemos que el hombre había estado puesto en el jardín del Edén para “cultivarlo”, esto es para hacer de su vida un culto espiritual. El verdadero “yo” del hombre es un yo litúrgico. Ciertos exegetas modernos traducen así Génesis 2:15: “Yahvé Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para el culto y para la protección”.

En este simbolismo pronunciado, el paraíso es parecido a un santuario y el primer hombre es su guardián sacerdotal: así en sus orígenes es un ser litúrgico. Se ha vuelto capaz de hacer de su vida, de sus relaciones y de su actividad un culto espiritual.

Cumple las cosas más cotidianas y habituales como una eucaristía, o mejor dicho, hace “eucaristía” en todas las cosas. Toda su existencia es tenida como un culto espiritual. El campesino en su campo, el obrero en su taller, el ingeniero en su despacho introducen la oración en el corazón de sus vidas de hombres. No solo sus actividades sino la realidad misma de su persona (su carne, dirá san Pablo, sarx): Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a ofrecer vuestros cuerpos como una víctima viviente, santa, agradable a Dios, que es vuestro culto espiritual (la adoración verdadera) (Rm 12:1)

 La existencia apostólica misma, es decir, el hecho de anunciar el evangelio es considerado por Pablo como una oración, un acto litúrgico, ya que ofrece los paganos como un sacrificio espiritual: …”en virtud de la gracia que Dios me ha dado de ser ministro de Cristo Jesús entre los paganos, ejerciendo la función sagrada del evangelio de Dios, para que la ofrenda que son los paganos se convierta en aceptable, santificada por el Espíritu Santo” (Rm 15:15-16).

Se intuye así cuál era la vocación primera del hombre. Lo mismo hay que decir  del hombre nuevo recreado por la potencia de la resurrección; es un hombre de oración, un ser litúrgico, antes de todo. Es el hombre del “Santuario” que imprime el sello de la oración sobre las personas y las cosas. Y la palabra “Santuario” tiene aquí un significado mucho más amplio, pues después de la Encarnación la Estancia de Dios es el mundo entero, la historia y el corazón del hombre.

“Para rezar tenemos ciertamente las iglesias y los libros litúrgicos, pero mira que tu oración interior no te deje nunca. En las iglesias se celebra el culto y allí habita el Espíritu Santo. No obstante, mira que tu alma sea también la iglesia de Dios; para aquel que reza sin parar el mundo entero se convierte en una iglesia”.

Estamos llamados a convertirnos en “templos”, a hacer de nuestra vida cotidiana una liturgia. Una presencia de oración de esta naturaleza santifica cualquier parcela del mundo y contribuye a la paz verdadera. En la inmensa Iglesia que es el universo de Dios, el hombre sacerdote de su vida, obrero o sabio, hace ofrenda y oración de todo lo que es humano.

Aquí presentimos lo que debían ser los privilegios de nuestros primeros padres: la posibilidad de orar fácilmente y de amarse los unos a los otros. Hay momentos en nuestra existencia en que oramos fácilmente y entonces la vida toma un nuevo color. En cambio, así que quedamos bloqueados en nuestro pecado y en nuestro sufrimiento, ya no podemos orar y nos sentimos desgraciados. Un joven abatido por el sufrimiento, me dijo un día: “¡Reza tú, tú que puedes!” Hay días que querríamos rezar y no podemos. Mientras podamos rezar no hay nada perdido ya que la esperanza transfigura la situación.

.Jean Lafrange: La oración del corazón

 

Diumenge XXV durant l’any / B / 2018

 

 

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Lectura espiritual

La conversión es realmente una revolución copernicana. Se trata del hecho de que el mundo ya no gira entorno del “yo” colectivo o individual, sino entorno de Dios y de los otros.

Lo que hace que hayamos decaído es que nuestra conciencia se ha deshecho del corazón y se ha identificado con las pasiones y los ídolos. No para de lanzar sobre la buena creación de Dios aquello que los espirituales denominan una telaraña, una mentira, todos los artificios del “padre de la mentira” (Jo 8:44), es decir, sin Dios. Es la ilusión del Edén: “Seréis como dioses”.

El hombre ya no vive en la verdad de su ser que recibe de Dios, quiere ser su propio creador. Por el pecado, se ha separado de la fuente y se ha vuelto incapaz de un verdadero encuentro con Dios y con sus hermanos.

San Macario se imagina a los pecadores cautivos atados uno a la espalda del otro, de tal manera que nunca pueden mirarse cara a cara para una verdadera comunión: “Estamos hundidos en el fuego; más aún, no nos es permitido de ver a nadie de cara porque el rostro de uno da a la espalda del otro. Pero tú, cuando oras por nosotros, puedes entrever el rostro del otro, y esto nos alivia”.

Aquí se ve claro que el hombre no tiene su centro en él mismo, que la ley profunda de su vida es la comunicación, la realización de sí mismo, por el intercambio mutuo.

Al afirmar que la naturaleza del hombre es oración, no pensemos solo en el acto de la oración sino en el estado de oración, en la actitud de obertura o de súplica que le caracteriza. El hombre está hecho para el Rostro, para la sonrisa y para la comunión.

Mirad un niño: su movimiento espontáneo y natural es el de mirar, de admirar o de contemplar. Y si todavía no ha perdido la inocencia de la edad, alarga los brazos para dar los buenos días y busca el rostro para abrazarlo. Otra actitud del niño es la de pedir lo que él mismo no puede darse.

En el niño encontramos en estado puro lo que tendría que ser el hombre: un ser que tiende hacia el otro para la comunión, un ser que gira su rostro hacia el encuentro: es la adoración.

Por el contrario, el anciano reencuentra o debería reencontrar el espíritu de la infancia. “En el Oriente se ama mucho la vejez porque se piensa que está hecha precisamente para orar. El viejo se encuentra liberado. Cuando uno es pequeño, hasta los 10 o 12 años, reza. Después ya viene la gran bulla y se corre el riesgo de no rezar más. Una civilización que ya no reza es una civilización en la que la vejez ya no tiene ningún sentido. Y esto es aterrador. Ya que antes que todo necesitamos ancianos que recen porque la vejez nos es dada para eso” (Olivier Clément).

.Jean Lafrange: La oración del corazón

 

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