Diumenge XXVI durant l’any / B / 2021

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Lectura espiritual

LA FELICIDAD (3). Etapas del camino espiritual

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

Manso es quien ha llorado tanto que ha limpiado sus ojos y, finalmente, ve la realidad.
Manso es quien, en virtud de esa purificación e iluminación, permite que la realidad sea lo que es.
Manso es quien no impone su criterio pretendiendo que todo se ajuste a lo que, según él, deberían ser las cosas.
Manso es quien ha entendido la no- violencia, la no-resistencia, quien fluye con el agua de la vida, dejándose conducir allá donde la corriente le lleve.

Cristo es el manso por excelencia. No se trata de sumisión o de cobardía, sino de saber que la realidad pone todo en su sitio antes o después. De saber que la lucha genera siempre lucha. El poder de la mansedumbre consiste en recibir la vida así como viene, para luego, tras haberla trabajado por dentro y haberse dejado trabajar por ella, devolverla al mundo.

Lo que se promete a los mansos es que heredarán la tierra. No puede ser de otro modo, puesto que sólo ellos la acogen tal cual es. Cuando veas de verdad, te darás cuenta de que tú eres eso que estás viendo. Esto es a lo que apunta la mansedumbre, que hoy preferimos designar con el término aceptación.

(Inspirado en el libro: Biografía de la luz, de Pablo d’Ors)

Diumenge XXV durant l’any / B / 2021

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Lectura espiritual

LA FELICIDAD (2). Etapas del camino espiritual

BIENAVENTURADOS LOS POBRES DE ESPÍRITU, porque de ellos es el Reino de los cielos. (Mt 5,3)

Tras llamar a sus discípulos, Jesús sube con ellos a una montaña. Lleva ya algún tiempo como profeta y curandero, pero él se sabe también maestro y, como tal, necesita y quiere ofrecer sus enseñanzas.Como un nuevo Moisés, Jesús comienza entonces a pronunciar el llamado Sermón del Monte, que es algo así como su autorretrato: una detallada descripción de las distintas etapas de su propio camino espiritual (pobreza, llanto, mansedumbre, justicia, misericordia, pureza, paz, persecución, alegría). Las bienaventuranzas son también, por extensión, una descripción d sus discípulos y seguidores. Porque ellos son, al fin y al cabo -o al menos deberían ser-, los mansos, los puros, los alegres, los pacíficos… ellos son los

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Es necesario llorar por todo lo que nos hace sufrir y por todo lo que hacemos sufrir a los demás. Por las injusticias, pérdidas y enfermedades que padecemos, pero también por nuestros errores, nuestra cerrazón y nuestro egoísmo estructural. Por el horror y la banalidad que sembramos sin darnos cuenta.

Llorar nos purga, nos redime, nos sitúa en una visión certera. Llorar forma parte del proceso de clarividencia, puesto que supone sacar las penas fuera, impidiendo que permanezcan dentro y que nos amarguen o envilezcan. Llorar es dar cuerpo físico a una tristeza, permitiendo que el alma drene. Desatamos así el nudo con que el sufrimiento suele amarrarnos el corazón, dejándolo amordazado y entumecido.

Es triste llorar por lo sufrido, pero más triste es no llorar en absoluto, pues eso significa que no se ha amado. Quién llora expresa desesperadamente su amor: su amor a la vida, a sí mismo, al ser que ha partido, a la luz ensombrecida por la adversidad… Quien llora, suelta su dolor, y es así como se consuela. Lo deja ir. Permite que fluya y que no se estanque.

No podemos tomar conciencia de lo que hay y no llorar. Pero llorar no es, desde luego, lloriquear o quejarse lastimeramente, sino descubrir que formamos parte de ese cuerpo doliente que es la historia.

Quien está despierto llora, descubre que en el fondo de cada llanto resuenan todos los llantos de la humanidad. Éste es el punto, ésta es la consolación. Darse cuenta de que en la herida propia resuena la del mundo nos saca del pozo del propio dolor abriendo una ventana a la compasión.

Por eso, quien no llora es simplemente un egoísta que no quiere compartir su pena. Es un soberbio que no quiere que se sepa que está en el mismo barco que los demás. Quien no llora no armoniza lo de dentro con lo de fuera, sino que ensancha el abismo de separación.

Llorar es comulgar sensible y dolorosamente con el mundo. Nunca podremos sentirnos verdaderamente acompañados si encapsulamos nuestro dolor y no consentimos que se exprese.

(Inspirado en el libro: Biografía de la luz, de Pablo d’Ors)

Diumenge XXIV durant l’any / B / 2021

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Lectura espiritual

LA FELICIDAD (1). Etapas del camino espiritual

BIENAVENTURADOS LOS POBRES DE ESPÍRITU, porque de ellos es el Reino de los cielos. (Mt 5,3)

Tras llamar a sus discípulos, Jesús sube con ellos a una montaña. Lleva ya algún tiempo como profeta y curandero, pero él se sabe también maestro y, como tal, necesita y quiere ofrecer sus enseñanzas.

Como un nuevo Moisés, Jesús comienza entonces a pronunciar el llamado Sermón del Monte, que es algo así como su autorretrato: una detallada descripción de las distintas etapas de su propio camino espiritual (pobreza, llanto, mansedumbre, justicia, misericordia, pureza, paz, persecución, alegría). Las bienaventuranzas son también, por extensión, una descripción d sus discípulos y seguidores. Porque ellos son, al fin y al cabo -o al menos deberían ser-, los mansos, los puros, los alegres, los pacíficos… ellos son los llamados, en medio de las contradicciones de este mundo, a llevar adelante una biografía de la luz, planteada desde el principio como una inversión de los valores socialmente aceptados.

Al leer las bienaventuranzas como las nueve fases de un recorrido místico -cuya última meta es Dios mismo-, se constata cómo, cada una de ellas está trabada con la siguiente y con la anterior, y cómo todas juntas conforman un conjunto muy revelador. Sólo así, entendidas como un itinerario formativo o como un programa de vida, pueden entenderse en plenitud. Venid y lo veréis, había respondido Jesús a quienes querían seguirle. Ahora, a quienes han acudido, va a mostrarles adónde pretende conducirles.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. La primera bienaventuranza no sólo es la primera, sino la esencial: aquella en la que se resumen y condensan todas las demás. Según Jesús, son felices quienes no se apegan a las cosas, personas, ideas, creencias, proyectos, recuerdos… son de verdad felices quienes no viven desde la seguridad que todos estos bienes del mundo pueden proporcionar, sino desde la confianza en que cada día trae lo que se necesita y más. Esta confianza es la raíz de la felicidad.

No tener previsión para el día de mañana y vivir completamente inmerso en lo que traiga cada día es, desde luego, una disposición muy difícil. Como también lo es no agarrase a ningún planteamiento teórico ni a ninguna práctica concreta: a nuestra visión del mundo, por ejemplo, o a nuestro estilo de vida, a nuestra experiencia de Dios, a nuestros hábitos más arraigados… Porque todo eso forma parte de nosotros hasta tal punto que nos identificamos con ello, lo que significa que sentimos que la vida nos va en ese asunto, que ésa es nuestra identidad.

 El vacío (ésta es la propuesta, aparentemente loca de Jesús) se erige aquí como la senda para la plenitud. Pero hay vacíos y vacíos, por supuesto; y algunos de ellos son tan oscuros y fríos que conducen a sentimientos cercanos a la desesperación.

En esta bienaventuranza de la pobreza puede resumirse, seguramente, todo el cristianismo. De ahí que se haya escrito tanto sobre sus posibles significados.

(Inspirado en el libro: Biografía de la luz, de Pablo d’Ors)