Diumenge XXVIII de durant l’any / C / 2019

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Lectura Espiritual

Analicemos una enseñanza atribuida a Evragio Póntico, escritor eclesiástico del siglo IV, que enseña que la oración es conversación del espíritu con Dios. La palabra conversación proviene de tres palabras latinas: cum (reunión), el verbo versare (girar, intercambiar), i el sufijo –tio (acción y efecto). Vendría, pues, a significar algo así como “acción y efecto de reunirse girándose uno frente al otro, para intercambiar”.

La enseñanza de Evregio sale al paso de un riesgo permanente en la piedad cristiana: la oración impersonal. A finales del siglo XX, el Magisterio advirtió el peligro de adoptar indiscriminadamente las técnicas orientales de meditación, pues suprimen la alteridad entre Dios y la criatura, en una suerte de panteísmo cósmico. Con la carta Orationis formas advirtió que dicho modo de meditar -en el que se busca la integración con la naturaleza a través del dominio del psiquismo bajo el influjo del poder mental-, no es la oración cristiana.

La oración cristiana está siempre determinada por la estructura de la fe cristiana, en la que resplandece la verdad misma de Dios y de la criatura. Por eso se configura como un diálogo íntimo y personal entre el hombre y Dios. La oración cristiana expresa, pues, la comunión entre el hombre redimido y la vida íntima de cada Persona de la Trinidad. Para esta comunión, que encuentra su fundamento en la vida nueva del Bautismo y la Eucaristía, se precisa una actitud de con-versión, es decir, un éxodo del yo del hombre hacia el de Dios.

Los métodos orientales, por el contrario, ignoran en sus técnicas la relación interpersonal. Pretenden la integración del sujeto con la divinidad en la anulación de las individualidades, y entonces la divinidad no es nunca un Tú, sino una fuerza anónima, una difusión de energía… métodos en que desaparece la conciencia del Dios vivo que nos espera al orar.

 No es que la naturaleza, el cosmos o la energía no puedan ser ocasiones para ir a Él, como manifestaciones que son de su Sabiduría, de su Bondad, de su Poder. Debemos aprovecharlas para orar, como san Basilio que veía en la naturaleza una parábola en la que Dios nos habla a través de miles de voces, aunque la mayor parte de los hombres carezcan de oídos para escucharlas. Tendríamos el deber de orar con aquello que manifiesta el atributo divino de la belleza, a riesgo de la ingratitud. Pero una cosa es orar a Dios aprovechando lo creado, y otra  confundir lo creado con el Creador.

Atendamos, pues, la definición de Evragio: la oración cristiana es conversación. Cara a cara, en una suerte de confrontación; un yo con un tú, un tú con un yo. Yo con Él; Él conmigo. Yo le hablo, Él me escucha; Él me habla, yo le escucho. No me difumino en el éter ni me desintegro al contacto con el universo, sino que sigo siendo un yo en alteridad con el Creador de ese cosmos y de esa naturaleza, y establecemos una conversación, admirado yo ante su gran condescendencia y el atrevimiento de mi pequeñez. Incluso tendré que creer que el principal interesado en dicha conversación no es el miserable que se atreve a dialogar con su Señor, sino que es el Amor de ese Señor el motor que propicia y desarrolla la conversación.

Ricardo Sada; Consejos para la oración mental.

Com és la nostra fe?, com la d’un gra de mostassa. Deu ni do!

  • Gràcies Pare pel do de la Fe, de creure cada dia en el teu nom, en la teva presència en la nostra vida.
  • Gràcies per desitjar que siguem cada dia millors, fent una família nova, una classe nova, una parròquia nova, un món nou.
  • Gràcies per ser fidel sempre a les teves promeses i per ensenyar-nos que hem de ser nens i nenes complidores del que prometem.

Diumenge XXVII de durant l’any / C / 2019

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Lectura Espiritual

Estas consideraciones revisten una consecuencia consoladora. No importa lo que sientas, ni tampoco lo que entiendas o no entiendas. La oración no depende del coeficiente intelectual ni del estado anímico. No tenéis que sentir arrobamientos, ni advertir descubrimientos teológicos o soluciones geniales cuando oras.

Ora, simplemente, con sencillez, llevando tus armas abatidas, es decir, a corazón abierto, sin defensa, con la fe a punto. Si tú lo quieres, ya está ahí, subiste a la montaña, te elevó la fe. Traspusiste la puerta. Has hecho un ejercicio de virtud teologal que te hace tocar a Dios. Con independencia de lo que sientas o entiendas.

Si se sabe orar en la fe, el vacío del espíritu queda colmado. Dios no es ya solamente idea, imagen de la fantasía o sentimiento, sino realidad viviente que no permanece en una beatífica e indiferente lejanía, sino junto al hombre.

De modo que valoremos la fe, contemos con ella. Es un Don maravilloso y muchas veces no lo valoramos suficientemente. Porque se trata de una realidad humilde, discreta, muy interior. Es disposición del corazón y de la voluntad, es apertura, es el ¡Si! a la revelación de Dios y a sus promesas. Es firmar un pagaré que no se hará efectivo sino en la eternidad. Quedarnos por ahora sin comprobar nada, en actitud de sumisión y confianza.

Pero esa disposición abierta y rendida es la que nos da libre acceso a las grandezas de los misterios divinos. Porque, en cierto sentido, todas nuestras fallas -en la esperanza, en la caridad, en las virtudes morales-, derivan de una falta de fe.

Jesús la pedía siempre, y manifestaba muy a las claras su enfado cuando percibía corazones cerrados a su palabra y a su Persona. No creerle era no acogerlo, no recibir en la habitación interior el Huésped que llama sin cesar a nuestra puerta.

Ricardo Sada; Consejos para la oración mental.