Domingo XXVII tiempo ordinario / B / 2018

 

 

Palabra de Dios

 

Leer la Hoja Dominical

 

 

 

Lectura espiritual

Nuestros primeros padres tenían la vocación de ser sacerdotes del mundo, es decir, de rezar fácilmente porque disfrutaban de la familiaridad de Jahvé que hablaba con ellos en la brisa de la tarde.

El hecho de que nosotros no lleguemos a hacerlo fácilmente no es normal. Una persona que hizo una semana de oración i que pasó ocho días en Lourdes, decía: “¡He rezado sin parar!”

Si es posible durante una semana, ¿por qué no ha de ser siempre? Habríamos de tener la posibilidad de ofrecer a Dios nuestra sustancia, es decir, de hacer que nuestras vidas fuesen una oración continua.

Por el pecado, el hombre ha querido dominar el mundo para ser el amo y subyugarlo. Por tanto, es necesario que otros hombres sean los sacerdotes del mundo: si no, se llegará a la desintegración del hombre y del cosmos.

La bomba atómica viene a ser como la inscripción en la materia del estado de decadencia espiritual del hombre: “El Espíritu enseña al monje a amar a Dios y a amar al mundo. Quizás dirás que ya no existen en nuestros días monjes que recen por todos los hombres; pues yo te aseguro que sobrevendrán grandes males y hasta la destrucción del universo si ya no hay personas que recen por el mundo”.

¿No es esta, quizás, la vocación del monaquismo interiorizado vivido en el desierto de las grandes ciudades urbanas por hombres y mujeres en medio del mundo? Su misión es introducir el universo cósmico en el gran movimiento de adoración que no cesa de brotar en su corazón.

Las pasiones son como el inverso de este dinamismo de adoración. El hombre lleva en si este dinamismo i, si no lo orienta hacia Dios, se adorará a sí mismo, se volverá idólatra del hombre colectivo o individual, o del arte, la política, la raza, da lo mismo. Si no reza a Dios, se rezará a sí mismo.

Hay mil ídolos posibles. La pasión es una pulsión de la naturaleza del hombre, es finalmente el deseo de adorar a Dios, pero desviado, hacia un objeto contenido y parcial que no le puede revelar el absoluto.

Es casi una definición de Satanás: una adoración desviada que se pierde en la nada. El hombre tiene sed de Dios y como esta sed nunca es saciada puede verse engañado por el ángel de las tinieblas disfrazado de luz que bloquea este dinamismo de adoración en el vacío: “Quizás el infierno no es más que esta confrontación de la sed y el vacío. El hombre se bebe su propio vacío y cada vez se quema más”.

Así, el hombre puede dar una existencia paradoxal a la nada y la red de ídolos, de magias, de pasiones se convierte en lo que el Nuevo Testamento llama no “el” mundo creado por Dios sino “este” mundo que vela Dios y la creación de Dios, que entierra el universo en la opacidad y la muerte.

El mayo del 68, en los muros de la Sorbona había esta inscripción: “Mientras el dedo señala la luz, el imbécil mira el dedo”.

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Jean Lafrange: La oración del corazón

 

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