Domingo XXIII tiempo ordinario / B / 2018

 

 

Palabra de Dios

 

Leer la Hoja Dominical

 

Lectura espiritual

…”No lo conozco, mujer” […] “…no lo soy” […] “…no sé de qué me hablas” […] El Señor, volviéndose, miró a Pedro, [y éste], saliendo fuera, lloró amargamente. (Lc 22,57-62)

Dentro de este movimiento de conversión que se convierte en contemplación del amor loco de Dios hacia nosotros, se emplaza un misterio: el de las lágrimas: “Pedro salió y lloró amargamente”.

Hasta aquí el hombre tenía un corazón de piedra, una especie de caparazón de mármol provocado por su pecado, pero él lo ignoraba, aunque en ciertos momentos tenía conciencia de un malestar más próximo al sentimiento de culpabilidad que al de la contrición verdadera.

Es entonces que comprende experimentalmente que la contrición es diferente a lo que pueden provocar sus deseos, y que al hombre no le es posible “ejercitarse” en la contrición.

Es precisamente la oración al Espíritu Santo y el sacramento de la penitencia el que puede provocar en nosotros el estallido.

Lo que desgarra nuestro corazón es una manifestación del amor de Dios que se hace, no desde fuera sino desde dentro por la invasión del fuego devorador de la caridad divina en nuestro corazón.

Este fuego funde el endurecimiento más o menos consciente, provocado en nosotros por el pecado, y rompe el caparazón segregado por tantos años de endurecimiento.

Este estallido violento bajo la presión del amor constituye exactamente la conversión o la contrición perfecta que provoca normalmente la bienaventuranza de las lágrimas.

Por tanto, hemos de pedir al Espíritu Santo y a la Iglesia esta impresionante iluminación que nosotros no podemos provocar.

Esta herida es mucho más dolorosa que los escrúpulos y sentimientos de culpabilidad, amargura más amarga, pero que tiene como fruto íntimo la liberación inenarrable de la bienaventuranza de las lágrimas. Y en este sentido se puede decir que este fruto es dulce porque nos hace experimentar la ternura de Dios.

El hombre toma conciencia experimental y existencial de este estado de separación que saca partido de los pecados.

Es la actitud de todo convertido y de todo cristiano que se convierte en el sacramento de la reconciliación: manifestar y confesar su corazón de piedra o, mejor, reconocer humildemente que no le dolía tener un corazón duro.

Podemos preguntarnos si un esfuerzo pastoral que no conduzca a esta experiencia fundamental del corazón derrotado no corre el riesgo de abocarse a un nuevo moralismo.

El lugar de recurrir a todos los exámenes de conciencia rejuvenecidos o renovados, ¿no sería mejor invitar a los cristianos a orar larga e intensamente para obtener la revelación del rostro de misericordia de Dios?

 

Jean Lafrange: La oración del corazón

 

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